No había reparado en la difícil tarea de escribir sobre alguien que yace seis metros bajo tierra. Los recuerdos los acomodamos a nuestro antojo. Lo malo pesa y se queda como un tronco mal cortado.
Tenía diescies años cuando conocí a Mariano en la prepa. Lo veía de vez en cuando en los pasillos antes de entrar al salón de clases. Era tímido y de pocos amigos. Me gustaba que me siguiera en silencio con la mirada hasta que me perdía de vista. Un día, se envalentonó y sin preámbulo me pidió que fuera su novia. Me tomé varias semanas antes de darle el sí. Me gustaba su melena lacia hasta la espalda, su aroma a suavitel y esas playeras con letras ilegibles de bandas metaleras. Siempre me ha atraído la gente con personalidad, aunque les llamaran, “pandrosos”, “raritos”, “freakies”. Yo también era una de ellos. Una tarde, después de clases, decidimos ir a la casa de la tía de Mariano, que iba a estar sola. Con un buen arsenal de caguamas llegamos y, tras varias rondas terminamos como siempre enredados en besos. Besar era lo nuestro, podríamos hacerlo por horas hasta terminar con los labios hinchados por tanto roce. Pero esa vez fue diferente. Torpemente, entre risas nerviosas y manoseos...
Miro su foto, sonríe con un helado en la mano de esos de vasito. Es verano, lo sé por su pelo enmarañado por el viento y me pregunto qué estaría pensando. Nunca pude descifrar sus miedos, deseos ni sus más profundos secretos. Una desconocida a la que llamaba mami. A veces me reconozco en ella, por la sonrisa y por el dedo chato del pulgar que entrelazamos cuando estamos nerviosas. En los álbumes de fotos sonreímos en sepia por una calle empedrada cuesta arriba. Siempre sonreímos.
Los recuerdos con papá son en línea recta, como el largo camino que recorríamos todos los sábados al atravesar la ciudad de norte a sur sobre el Periférico de la Ciudad de México. Disfrutaba el camino; el ruido del motor se convertía en el tercer pasajero. Ronroneaba en nuestros silencios más profundos. Nunca sabré adónde iban los pensamientos de papá; tal vez, simplemente a verse llegar a la cancha de futbol, aventar la maleta en el pasto, saludar a los amigos, vendarse los tobillos, ponerse las apretadas mallas blancas que cubrían sus pantorrillas, sacudir el pasto de los tenis del juego anterior, encontrarme con la mirada antes de comenzar el partido, darme unas monedas y despedirse con “No olvides estar atenta al marcador”. Jamás me incomodó quedarme sola mientras él jugaba. Era la única oportunidad de gastarme el dinero en dulces sin compartirlos con mis hermanas. Al terminar el juego corría a su lado par...
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