Mi muñeco de peluche es mi mejor amante. Por la mañana discretamente se convierte en adorno de cama. Es tan lindo que nadie sospecha que es mi objeto sexual. Disfruto cuando visitas le conocen y juegan con él.
Sentados en la clase económica rumbo a Texas, nos tomamos de la mano con fuerza y cerramos los ojos, así comenzó nuestra historia. Era la primera vez que ambos volábamos, como un acto de fe y de inocencia. Sin saberlo, años después seguiríamos viajando juntos: por cielos, tierra, ríos y mares. Cada camino era una canción, de tantas que me —y nos— escribiste. Y en medio de las melodías, la carretera, tú y yo, jugando a la casita, tratando de aprender a quedarnos. Yo nunca aprendí a hacerlo: quedarme. Tú, la raíz: yo, el viento. Esta canción es para ti: no fue un sueño, fueron cimientos.
Tenía diescies años cuando conocí a Mariano en la prepa. Lo veía de vez en cuando en los pasillos antes de entrar al salón de clases. Era tímido y de pocos amigos. Me gustaba que me siguiera en silencio con la mirada hasta que me perdía de vista. Un día, se envalentonó y sin preámbulo me pidió que fuera su novia. Me tomé varias semanas antes de darle el sí. Me gustaba su melena lacia hasta la espalda, su aroma a suavitel y esas playeras con letras ilegibles de bandas metaleras. Siempre me ha atraído la gente con personalidad, aunque les llamaran, “pandrosos”, “raritos”, “freakies”. Yo también era una de ellos. Una tarde, después de clases, decidimos ir a la casa de la tía de Mariano, que iba a estar sola. Con un buen arsenal de caguamas llegamos y, tras varias rondas terminamos como siempre enredados en besos. Besar era lo nuestro, podríamos hacerlo por horas hasta terminar con los labios hinchados por tanto roce. Pero esa vez fue diferente. Torpemente, entre risas nerviosas y manoseos...
Miro su foto, sonríe con un helado en la mano de esos de vasito. Es verano, lo sé por su pelo enmarañado por el viento y me pregunto qué estaría pensando. Nunca pude descifrar sus miedos, deseos ni sus más profundos secretos. Una desconocida a la que llamaba mami. A veces me reconozco en ella, por la sonrisa y por el dedo chato del pulgar que entrelazamos cuando estamos nerviosas. En los álbumes de fotos sonreímos en sepia por una calle empedrada cuesta arriba. Siempre sonreímos.
Que sucia imagen me ha llegado a la cabeza leyendo esta entarda. Sucia, pero divertida
ResponderEliminarconceptual...como siempre, besos erika
ResponderEliminarhey mami! ajua! me sono familiar. jojojo
ResponderEliminarahora ya sabrè que no tocar cuando te visite, que por cierto ùrgenos!
te quiero y por eso te linkee en mi blog ;) naah eres grande tu tmb y opr eso lo hize.
luv