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Declaración en desamor.

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La cama hospeda una cantidad como nunca antes de ácaros y polvo. No he cambiado las sábanas desde que no vienes más a casa a pasar la noche, ni siquiera el gato quiere dormir junto a mí. A veces despierto exaltada al escuchar voces y pienso que no debo leer historias de terror antes de irme a la cama, o mejor aún no ver mas el álbum de fotos. Por ratos echo de menos y termino buscando alguna señal en las redes que me haga creer que aún piensas en mí.  He estado tentada en buscarte para reclamarte como pudiste olvidarme tan pronto, como puedes estar con alguien más cuando todavía te quiero y pienso en ti. 

Sala de espera

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 “La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.”  ―Eliseo Diego La sala de urgencias del hospital está a reventar envuelta en una espesa esencia a incertidumbre y capuchino barato. Demasiadas horas de humores encerrados en una habitación con una sola puerta para la entrada y muchas veces sin salida. Qué mal olemos los humanos. Me intriga el momento en que comienza a fallar el engranaje del reloj de arena, todos caminamos hacia la misma dirección. ¿Habrá algún familiar en la sala de espera de urgencias cuando anuncien mi nombre?. Mi jubilación: una banca verde de fierro sobre un ancho camellón y el periódico de un día después.

En la mañana

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El niño insecto me habla por las noches, vive en la repisa de madera. No dice mucho, a veces olvido que está ahí. La casa suele ser muy silenciosa, si pones atención puedes escucharlo caminar sobre las paredes blancas. En la mañana, me llama por mi nombre y me hace despertar abruptamente. Gusta de las novelas sobre el polvo. 

El grunge no ha muerto

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Éramos las primeras en la fila. Llegamos tres horas antes de la cita. Hacía frío. Era una mañana lluviosa; un día usual en una de las ciudades donde se consume más café y se ven más películas que en cualquiera otra parte de Estados Unidos. El combo perfecto para alcanzar altos índices en depresión y suicidio. Le llaman la ciudad de la eterna lluvia.   Volvamos a la fila. No era un día luminoso, era un día gris, un día común. Le pedimos al chico de  melena rubia y gorrito   que estaba adelante de nosotras que nos apartara el lugar. Asintió sin mirarnos. Caminamos unas calles más hasta encontrar una tienda. Nos sorprendió que la fila estuviera igual de atiborrada que la que habíamos dejado unas cuadras atrás. Al parecer, no había otra cosa que hacer en un día gris en Seattle, que buscar café y cigarros.  La agüita ligera arreció nos cubrimos la cabeza con los gorros de la sudadera, encogimos los hombros y nos formamos. En la espera...

Que

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Tengo una rodilla lastimada, la izquierda, la del lado del corazón y no estoy reflexiva por eso, sino porque no he encontrado la forma de decirle a mi madre que la echaré mucho de menos cuando ya no esté. Que deje de comer postre, que le diga a papá que lo amó, que ya no cocine con sal, que no lave el refrigerador para que se quede un poco más y vea que puedo vivir en pareja, que vayamos los tres a comer y bebamos mucho té hasta el hastío.

Bonnie & Clyde

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Terminamos acribillados como Bonnie y Clyde en una polvorienta esquina frente al Reloj Chino de la avenida Balderas.  Nos conocimos en el bingo hace más de cinco años. Yo cantaba las bolas sorteadas, mientras él, puntual como reloj, compraba diez juegos cada martes y tachaba pasivamente los números del cartón.  Se sentaba en la misma mesa, del lado izquierdo del salón, lo que me hacía pensar que sus oportunidades de llevarse algún premio eran remotas. Permanecer inmóvil nunca me ha parecido una estrategia exitosa. Antes de convertirme en la vocera oficial de bingo del turno vespertino, trabajé como cajera en una hamburguesería. No duré mucho; al segundo día me echaron tras resbalar por accidente y cocinar mi antebrazo a término medio en una de las planchas donde freían los pedazos de carne comprimida. Si tan solo los hubiera demandado por trastornos mentales, quizás no estuviera cantando las bolas ahora. No gané la demanda. De aquel recuerdo solo me queda un col...

Vacaciones en Siberia

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Me molesta que pienses que soy paciente, pues eso significa que tendré que esperar una eternidad hasta que finalmente decidas dejar a tus cuatros gatos y los viajes a Colima para estar conmigo. De ninguna manera me quedaré a vestir santos, no los tuyos. He decidido guardarte en el congelador, ya veremos quien resulta tener más ánimos de permanecer en el polo norte una eternidad.. Para ti, ni un pensamiento más de caridad.